a primera vez que visité el pequeño poblado de Bella Unión, me llamó la atención su cercanía con la sierra.
Era 2001 y en ese entonces yo vivía en el Saltillo, deseaba conocer una cima montañosa con bosques y ver desde ahí el paisaje que se extendiera hasta perderse en el horizonte.

La sierra inmediata a Bella Unión parecía lo que estaba buscando.
De pendientes suaves, con un pico en la cima y bosques en la parte más alta, era una invitación a conocerla. Se veía fácil el ascenso, sentí su llamado desde la primera vez que la ví.

Bella Unión es una pequeña y tranquila población del sureste de Coahuila y pertenece al municipio de Arteaga, está ubicada muy cerca de las faldas de la Sierra Madre Oriental a sólo unos pocos kilómetros de la cabecera municipal. Entre sus encantos podemos encontrar los antiguos acueductos de piedra que aún se conservan, y su acequia principal de cristalinas aguas que serpentea las áridas faldas de la sierra precipitándose cuesta abajo para seguir su camino entre las apacibles calles del poblado.
Regresando al Saltillo después de mi primera visita a Bella Unión, recuerdo que estuve esperando con ansias el próximo fin de semana para ir a explorar.

No sabía cuánto tiempo tardaría en subir la sierra y llegar a su cima, así que a primera hora del día indicado tomé mi cámara, mi mochila y fuí a tomar la primera ruta urbana que partiera hacia Bella Unión. Tardé aproximadamente una hora en llegar.

Al subir la sierra pude ver diferentes tipos de vegetación, desde el matorral desértico en las faldas de la sierra hasta los bosques en su cima, pasando por los matorrales submontanos en sus cañones. Fué una experiencia inolvidable, donde ví por vez primera una biznaga florear y me sentí realmente privilegiado.

Al llegar a la parte más alta pude notar que los troncos de los árboles estaban negruzcos, rastros de antiguos incendios que afectaron la sierra.
En esa ocasión fui solo y me sentía como los primeros exploradores que recorrieron las extensas tierras septentrionales del territorio novohispano.
Así que no pude evitar bautizarla y la nombre como Sierra Quemada, me gustó ese nombre.

Desde esa primera vez que subí la Sierra Quemada han pasado ya varios años, el tiempo ha transcurrido y muchas cosas han cambiado, pero sus aromas se quedaron grabados en mi memoria.

Los rollos originales se han perdido con el tiempo y solamente me quedan las fotos que pude imprimir y que he conservado.

Después de 9 años nos reencontraríamos, éstas fechas me gustaron para volver a la Sierra Quemada...
Llegamos a primera hora de la mañana al poblado de Bella Unión, fué una fría mañana de Febrero. Dejamos estacionado el coche en la última calle del poblado, esa calle empedrada que sube abruptamente y se pierde conectándose con los amplios lomeríos yermos y desérticos.
Desde esa parte alta, podíamos ver la sierra y su suave silueta que aún cubierta con su propia sombra, nos esperaba serena.

Conforme íbamos avanzando, un agradable sonido nos acompañaba; era el sonido del agua correr por una acequia, agua que se precipitaba con fuerza a causa de la gravedad directamente hacia el poblado.
Qué alegría encontrar tanta agua y tan deliciosa!
Tomando en cuenta que estamos rodeados de desierto, hace ésta agua un alivio a la sed del hombre.

Y a pocos metros de la acequia, se encuentran los restos de un antiguo acueducto hecho de piedra y con arcos bajos de medio punto. Hermosa estructura que se encuentra aún en pié. Continuamos nuestro camino aguas arriba, siguiendo su curso.
La acequia con sus aguas calmas zigzaguea el contorno de las faldas de la sierra. Aquí existen varios descansos donde la gente en verano viene a disfrutar de sus aguas bajo la sombra de los frondosos álamos que adornan sus orillas.

Es en uno de éstos descansos donde decidimos ir directo a la sierra, ya habíamos recorrido tranquilamente en terreno plano y era hora de seguir el terreno pedregoso, directo a las faldas de la Sierra Quemada.

Los lomeríos de sus faldas a simple vista parecen sencillos de andar por sus formas suaves, pero estando en ellos la situación es muy diferente. La vegetación que predomina es el matorral desértico, no hay arbustos ni gobernadora, solamente lechuguilla (Agave lechuguilla), guapilla (Hechtia glomerata), nopales (Opuntia sp.) y otras plantas de baja altura, el suelo es pedregoso, lo que hace complicado el recorrerlo.
La primera vez que vine a Sierra Quemada, encontré en éstos terrenos áridos un extraño animal que llamó mi atención, era un reptil que estaba inmóvil a medio camino, nunca había visto un animal tan extraño: tenía una forma elongada y su cabeza parecía de víbora, su cola era larga, gruesa y rígida, la punta terminaba en pico. Pero tenía patas. Un reptil que no huyó a mi presencia y aproveché esa situación para tomarle fotografías.

Tiempo después, el biólogo e investigador lagunero Gamaliel Castañeda, me comenta que éste reptil es llamado comúnmente "lagarto escorpión tejano" o "víbora con patas", y su nombre científico es Gerrhonotus infernalis. Es un reptil sujeto a protección especial por la Norma Oficial Mexicana, y además de una mordida muy poderosa.
Después de saber éstos datos, me sentí privilegiado al haber visto en su ambiente natural a tan interesante ejemplar!
Conforme nos íbamos acercando a la Sierra, podíamos ver que las partes más altas se habían ocultando de nuestra vista, solamente nos quedamos frente a uno de los brazos de la sierra que a simple vista parecía una enorme loma de suaves pendientes. Comenzamos a subir.

Era aún temprano y el sol estaba débil, teníamos muchas energías y el ambiente fresco nos motivaba en cada paso.

La inclinación de la sierra se hacía cada vez más pronunciada obligándonos a zigzaguear entre los matorrales xerófilos para hacer más fluido nuestro andar. Encontramos algunas biznagas de diferentes tamaños, unas pequeñas que crecen en bulbos a nivel del suelo y otras cilíndricas de más de un metro de altura, como la biznaga roja (Ferocactus stainesii).

Llega un momento en que nuestras piernas necesitaban descansar, pero aún faltaba mucho de recorrido y no podíamos detenernos constantemente.

Decidimos entonces acercarnos a un cañón para aprovecharlo como camino en nuestro ascenso.
En las faldas de la sierra se encuentran varios cañones que sirven como canales naturales transportando los escurrimientos durante las lluvias en la sierra.
Si la vegetación que domina en sus faldas es desértica, en los cañones podemos encontrar algunos arbolillos y matorrales que logran crecer aprovechando la mayor humedad y protección de éstos canales naturales.

Las últimas lluvias se habían presentado hace ya varios meses, no había más rastro de su paso que las plantas deprimidas por la acción del agua y la erosión en las paredes del cañón. Entre las enormes rocas que conforman el suelo del cañón se pueden observar desniveles que estoy seguro, crean hermosas cascaditas cuando las lluvias torrenciales lo permiten.

El ascenso es más sencillo, es como saltar de roca en roca y eso no cansa tanto como caminar cuesta arriba entre los matorrales desérticos. Y es aquí donde cortamos un quiote de sotol para utilizarlo de bordón, un tercer apoyo siempre es muy útil en la sierra.

Llega un momento en que el lecho rocoso del arroyo se pierde entre los zacatales, nos aproximabamos a la primera cima de la sierra, nuestra primera parada.
Como ya no había grandes rocas en dónde apoyarnos, teníamos que recorrer el trayecto inclinados y con mucho cuidado para evitar perder el equilibrio y resbalar.

En éste nivel hicimos un leve quiebre hacia el oeste para llegar a la otra cara de la primera cima. Desde ahí podíamos ver los amplios llanos, los trazados de las manchas urbanas y un cielo tan azul que contrastaba con la lejana sierra.

Al llegar al otro lado, podíamos ver la enorme extensión de la sierra y sus laderas cubiertas de encinos, aquí ya se empezaban a notar los matorrales submontanos, más tupidos y aromáticos.

Desde éste punto ya se pueden apreciar las dos cimas siguientes, aunque algo retiradas. Los matorrales se hacen más densos y por ser más suave la pendiente, se puede recorrer de manera más sencilla.

El terreno se siente como una pedregosa hondonada. Recorriendo el trayecto cerca de la segunda cima podemos encontrar rocas con agujeros tan anchos y profundos que puede fácilmente caber un pie hasta la rodilla, hay que tener cuidado y saber dónde pisar.

Ya estabamos cansados, el sol ya estaba calando y no traíamos agua para beber. Afortunadamente entre los matorrales encontramos un frondoso encino que aunque no era muy alto, proveía una sombra deliciosa en donde nos detuvimos para descansar un poco.
La hora de continuar había llegado, recogimos la mochila y las cámaras, con algo de pereza porque realmente estaba excelente esa sombra que nos protegía del sol que aunque no hacía mucho calor, sí se sentía que te quemaba.

En ésta área ya se pueden apreciar algunos pinos entre los encinales pero éstos últimos son los dominantes, y más adelante estaba la pared boscosa de la sierra, ya faltaba poco.

El tercer pico ya se podía apreciar en todo su esplendor, nos hacía un discreto llamado con su serena belleza norestense, quería que lo recorriéramos. Doblamos hacia el oeste del camino y penetramos entre los densos matorrales para llegar más pronto a los bosques, cada vez estaban más cerca.
La inclinación de ésta ladera es muy pronunciada, para poder avanzar había que caminar por encima de los matorrales que formaban una intrincada y casi impenetrable barrera, las ramas nos rasgaban mientras avanzábamos y solamente escuchábamos el crujir de las ramas al pisarlas.

No pisábamos directamente en el suelo porque no lo veíamos. En algunos momentos alguna roca se desprendía rodando cuesta abajo y podíamos escucharla rodar entre las hojas de los matorrales, pero no la veíamos.

Para poder avanzar teníamos que sujetarnos de las ramas de los encinos, que son más fuertes y pueden soportar nuestro peso. Desde aquí la vista es preciosa... a lo lejos se veía el valle y las sierras que lo rodean, el valle del Saltillo se podía también ver desde esa altura, los cerros que rodean la ciudad se veían chiquitos.

El suave sonido del viento que jugaba con las agujas de los pinos ya se empezaba a escuchar, el aroma a sierra impregnaba el ambiente.

Estabamos en los bosques de la Sierra Quemada.
Se veían inclinados, pero es un juego de percepción, en realidad lo inclinado es la ladera, los pinos crecen rectos hacia el cielo.

La vegetación en ésta area es muy variada, encontramos madroños (Arbutus xalapensis) de rojizos y desnudos troncos, robustos magueyes que crecen entre los matorrales, y si no tienes precaución puedes llegar a picarte con sus agudas puntas (la primera vez que vine me enterré una espina de maguey en la rodilla y es muy doloroso).

Me acerqué al pino más cercano, me senté junto a él y mientras tocaba la textura de su tronco, ví que la palma de mi mano tenía tizne... y recordé la razón por la que llamé a ésta sierra como Sierra Quemada.

En las bases de los pinos se puede apreciar la corteza carbonizada, rastros de anteriores incendios que afectaron la sierra.

Éstos árboles son sobrevivientes, pues han evolucionado a la par de los incendios naturales, se benefician de ellos cuando no son muy dañinos. Cuando los fuegos son benignos traen más beneficio que daño, ya que eliminan la materia muerta como hojas secas y ramas conviertiendolas en ceniza nutritiva para el crecimiento de la vegetación nativa.

Ésto asegura que las semillas germinen en un ambiente libre de competencia.

Los incendios en los bosques son parte de un ciclo natural y por lo tanto inevitables, cuando los bosques son saludables y la acción regeneradora del fuego los transforma, se asegura el desarrollo del ecosistema.

Éstos pinos no tenían rastros de mayor daño en las copas, así que lo que afectó sus troncos fué un incendio superficial.
Me quedé inmóvil, solamente observando el hermoso panorama y disfrutando de la agradable sombra de los pinos.

No sé cuantos minutos pasaron, pero en ese tiempo mi mente se relajó de tal manera que no quería despedirme de la sierra, tal vez fué el hipnotizante sonido del viento o la gama cromática de verdes y rojos de los matorrales.

No quería retirarme, pero el tiempo avanzaba y teníamos que llegar con luz al valle, así que nos adentramos otra vez en los matorrales para alejarnos del bosque y seguir nuestro camino de regreso. Es difícil despedirse cuando en esos momentos la naturaleza pone todo de su parte para poder disfrutarla.
Llegamos al punto donde anteriormente habíamos descansado bajo el encino. Al no traer agua, el sol y el extenso recorrido nos había debilitado mucho, ansiábamos tomar agua. Desde esa altura la ladera oeste de la sierra parecía de suave pendiente, a simple vista no se veía tan abrupta.

En vez de continuar por el camino que ya habíamos andado, nos aventuramos por la ladera que no conocíamos pensando que llegaríamos más pronto... gran error.

Tuvimos que descender sentados y apoyándonos de cualquier rama que estuviera a nuestro alcance, los matorrales de encino habían desaparecido y las espinas se estaban haciendo cada vez más presentes. En algunos puntos podías pararte pero solamente para cambiar rápidamente de dirección, zigzageando velozmente entre las rocas, y no había sombra.

Ya habíamos descendido un buen tramo y no había de otra mas que continuar cuesta abajo. A lo lejos se veía una línea con densa vegetación que señalaba un cañón, nos dirigimos hacia esa dirección.

Seguimos el trayecto del arroyo, saltando entre las rocas y haciéndonos camino entre las retorcidas ramas de los encinos que cubrían el camino, en algunos sitios el desnivel de las rocas era de varios metros y eso nos obligaba a subir por la empinada ladera de la sierra buscando la manera de sortear esos desniveles y otra vez seguir el camino por el arroyo, no fué nada sencillo, estabamos muy debilitados.

Llegó un momento en que nos desesperamos, no encontrabamos la salida y estabamos deshidratados. Irónico, estabamos recorriendo un arroyo que en tiempos de lluvias se llena erosionando las rocas, formando cascadas, rodeados de vegetación y no teníamos nada de agua, ni un charquito.

Después de mucho andar, al fin encontramos en la ladera un angosto y retorcido camino entre los matorrales hecho por el constante pisar de las vacas, vimos estiércol y decidimos seguir ese camino... nos llevaría a los caseríos.

Por fin entramos al valle exhaustos, sedientos y en silencio, no queríamos ni hablar, habíamos utilizado todas nuestras energías en el descenso. En el primer rancho al que llegamos nos dieron agua y tomamos de una manguera junto a un corral. Ya hidratados y confortados, nos pusimos a charlar con el señor de la casa, una persona muy atenta que nos invitó amablemente a acampar en su terreno en nuestra próxima visita. Qué gusto encontrar personas así de “buenas gentes” en nuestros recorridos!

En ésta ocasión en Sierra Quemada aprendimos varias cosas, una de ellas es no salir otra vez sin agua, otra muy importante es seguir el mismo camino por el que se llega; las sierras por más sencillas que se vean tienen terrenos complicados que pueden alejarte de la salida más próxima sin siquiera notarlo, no hay qué confiarse tanto.

La Sierra Quemada se encuentra en el zona de influencia del Área Sujeta a Conservación Ecológica Sierra de Zapalinamé, siendo su límite oriental. Una de las principales amenazas que afectan a la Sierra y sus ecosistemas, son el cambio de uso de suelo; ya que la urbanización poco a poco está fraccionando las faldas de la Sierra Quemada y expulsando o eliminando a las especies nativas, además de la contaminación que sufren sus aguas.
Lo que le hagamos a la naturaleza tarde o temprano se nos regresa, a nosotros nos corresponde respetarla y conservarla para de esa manera asegurar nuestro propio futuro.

La Sierra Quemada fué la primera sierra que subí y por eso ocupa un lugar muy especial en mi corazón norestense. De seguro volveré algún día a recorrerla... mi Sierra Quemada.