Desde hace años he tenido el interés de explorar y sentir el noroeste del estado de Coahuila, esa región vasta y poco conocida de nuestro territorio.

Más allá de Melchor Múzquiz todo es más grande y hermoso, de eso no hay duda.

Recuerdo que alguna vez de adolescente, tomé el carro sin permiso en compañía de un amigo y nos dirigimos hacia Múzquiz, con la intención de conocer la enigmática Cuesta de Malena... al desconocer las distancias y la tensión de andar sin permiso, solamente llegamos al paraje de las Rusias a sólo unos kilómetros de Múzquiz.
Nos faltaban más de 160 kilómetros para llegar a donde queríamos.

Ahora la Cuesta de Malena ya la conozco, pero no por eso es menos interesante, cada que ando por esos rumbos me sigue cautivando su belleza.
Los paisajes que encontramos en nuestro Arroyo El Carrizorecorrido rumbo a la Cuesta son muy variados, en general son pastizales con manchones de mezquites corpulentos y madroños, en los arroyos hay álamos de blancos troncos y encinos.
Y matorral submontano en las laderas de las sierras que siguen un recorrido paralelo a la carretera.

La Cuesta de Malena es en realidad un puerto (paso) en la sierra La Encantada, la cuál se prolonga hacia el complejo orográfico de las Serranías del Carmen.

Cruzando ese paso, todo cambia. La falta de humedad se hace evidente, la gobernadora es quien predomina en las llanuras ahora salpicadas de lechuguilla y ocotillos.

Las sierras son rocosas y en general, es más árido... más espinoso.
La carretera sigue rumbo a San Miguel y me dió gusto el saber que mis impuestos están trabajando, actualmente se está pavimentando ésta carretera para comunicarnos con el estado de Chihuahua.

Esperemos que el estado y federación concluyan éste ambicioso proyecto de gran beneficio al norte de Coahuila.

Antes de llegar a San Miguel, se encuentra un lugar muy interesante enclavado en una sierra muy distinta a las demás, una sierra salpicada y rodeada de enormes monolitos... éste lugar se llama San José de las Piedras.

Aquí es donde el camino se bifurca y continúa hacia San Vicente, en la cercana frontera con Tejas.
Por ésta razón, y por ser el camino obligado hacia el antiguo presidio de San Carlos (hoy Manuel Benavides, Chih.), podemos encontrar elementos históricos de gran importancia en San José de las Piedras, el cuál ya viene mencionado y ubicado en mapas antiguos desde el siglo XIX.

La carretera pavimentada termina y se inicia el camino de terracería, desde ese punto hasta el sitio de interés son aproximadamente 4 kilómetros.

La mayoría de la gente de estos lugares tienen trocas, necesarias para los caminos pedregosos y transportarse a velocidades considerables, yo sin troca tuve que ir a una velocidad muy baja sorteando las piedras para evitar ponchaduras...
Siguiendo el camino, encontramos una desviación que nos conectaba directamente con la falda de la sierra rocosa.
Nos detuvimos. Tomamos agua, agarramos cámara y cruzamos unas postas que delimitaban los terrenos.

Conforme avanzabamos caminando entre los matorrales, escuchabamos ruidos entre los arbustos, no veíamos nada, ningún animal... al acercarnos a una nopalera, repentinamente una parvada de codornices emprendió el vuelo, aleteando aceleradamente en aparente caos y en pocos segundos se habían alejado de nosotros.

Nos quedamos quietos, por el hecho de ver la parvada de codornices y porque desde ahí se apreciaban las rocas de la sierra, que ahora ya podíamos ver su enorme tamaño.

Al acercarnos nos sorprendimos al ver casas edificadas en las cuevas naturales, construcciones modernas con bloques, varillas y cemento, pero aún así es algo pocas veces visto.
Nos pareció muy original, y mientras caminabamos observándolas, no dejabamos de pensar en lo frescas que deben ser en verano pero también en el peligro de vivir bajo cientos de toneladas de roca, de todas maneras no deja de ser un riesgo.

Los abrigos rocosos en éste ambiente árido son como oasis de sombra, tal como debió haber sido hace cientos de años cuando los nómadas norteños aún los recorrían.

Decidimos avanzar y explorar el área cuando a tan sólo unas decenas de metros, en una pared rocosa pudimos ver lo que andabamos buscando... pinturas rupestres!
Una súbita emoción recorrió mi cuerpo, y con un gran gusto y asombro me acerqué a la roca, no me fijé donde iba pisando, mi vista estaba dirigida a las pinturas.

En un abrigo rocoso, estaban plasmadas escenas de la vida de los nómadas, hechas por ellos mismos, pinturas que me transportan a una época casi virginal de mi territorio.

En ésta pintura se aprecian claramente caballos de trazos muy estilizados y jinetes, entre ellos una figura antropomorfa que porta algo que parece ser un arma, un lienzo lítico muy rico.

Plasmados con colores ocres y rojos, los elementos encontrados son abstractos, líneas ondulantes y varias figuras antropomorfas que parecen portar faldillas, posiblemente de motivos ceremoniales.
Elemento interesante en éstas pinturas es un gráfico que pareciera representar una capilla o un altar, algo que debió interesar mucho a los nómadas que veían la construcción de capillas y misiones en sus antiguos territorios con la llegada de los evangelizadores.

El hecho de encontrar caballos y jinetes nos indica que éstas pinturas fueron hechas en un tiempo que los españoles ya habían penetrado éstas regiones del norte, en busca de recursos metalíferos para explotar, el choque cultural con los nativos americanos fué algo perturbador para las muchas tribus que habitaban los desiertos.

Todo ésto plasmado en las rocas por los nómadas, ya sea a través del grabado o la pintura.
Por eso el valor histórico de las pinturas rupestres, son una ventana a la vida de los habitantes originales del norte.

Una vez que apreciamos esa pared rocosa, nos dirgimos hacia la sierra, queríamos subirla, ver el paisaje y comprender más el entorno que nos rodeaba, las rocas eran más grandes conforme íbamos subiendo.


Verdaderas moles que se amontonaban entre sí, de textura suave y redondeadas.

Algunas piedras medían más de 6 metros de altura, algunas otras estaban partidas a la mitad como si hubieran sido cortadas con un cuchillo de gran precisión, los elementos como el viento, los constantes cambios de temperatura y el hielo, habían hecho efecto en algunas de ellas.
Las comunidades vegetales encontradas comprenden gobernadora, gatuño, zacatales, chaparro prieto y mucho tasajillo, el cuál clavaba sus espinas como anzuelos si no tenías la precaución de evitarlo. Conforme subíamos, grandes poblaciones de candelilla y guapilla hacía menos espinoso el ascenso.

La vista desde las alturas de la sierra es hermosa, desde ahí podíamos ver claramente el camino que cruza el desierto, tal cuál habrá sido visto por los nómadas norteños.

Entre las tinajas naturales que son muy comunes en las rocas de ésta sierra, pudimos encontrar un mortero utilizado por los nómadas.

La tinaja natural fué formada por los elementos en su eterno proceso de erosión, formando una cuneta en la roca que protegía de los vientos, ésto fué utilizado por los antiguos pobladores para moler su alimento, semillas, granos o algunos minerales, de ésto nos podemos dar cuenta por la hondonada casi perfecta en el centro de la tinaja.
Yo habría hecho lo mismo, definitivamente.
Nos dirigimos al extremo opuesto de la sierra, ahí junto al camino a San Vicente encontramos más pinturas, algo sencillas que las anteriores pero más enigmáticas.

Los elementos encontrados en las paredes eran de color rojo, figuras antropomorfas muy básicas y líneas segmentadas que se cruzaban entre sí, formando una gran X, en cada lado dos círculos, posiblemente sean representaciones de flechas o algunos elementos mágicos en el pensamiento del nativo americano.

Algunas pinturas están muy tenues, casi borradas. El factor tiempo ha hecho que se vayan perdiendo poco a poco al estar expuestas a la intemperie.

En otra roca encontramos otras pinturas diferentes a las anteriores, pues éstas estaban hechas con colores negros, representando un chamán, en cada extremidad de la figura antropomorfa surgen líneas en todas direcciones, mostrando magia o poder.
Mientras más buscabamos, el sol poco a poco se iba acercando al horizonte, el tiempo avanzaba y las rocas se iluminaban con tonalidades cálidas.

Eran las 7 de la tarde y era hora de regresar, el camino es largo y mientras avanzaramos por carretera con algo de luz es mejor.

Asoleados, espinados y con una sed considerable, nos alejamos de San José de las Piedras y sus alrededores, pero con una gran satisfacción de habernos encontrado cara a cara con los sentimientos y emociones de los nómadas que alguna vez recorrieron éstos dilatados desiertos en sus constantes correrías.

El sol se escapaba entre las serranías mientras cruzamos el hermoso y extenso desierto chihuahuense con una sonrisa y con admiración, tal vez los nómadas no se han ido y siguen vigilando sus territorios... eso debe ser, en cada pintura o grabado están presentes.

El desierto fué su hogar, la madre que dió vida y forjó con esfuerzo su cultura.