Un sitio arqueológico importante en el estado de Coahuila donde podemos encontrar gran cantidad de petroglifos y petrograbados, se encuentra ubicado en pleno desierto, en unos lomeríos cercanos a San Rafael de los Milagros.

Explorando la región lagunera y buscando información sobre la ubicación exacta del sitio, llegamos a San Rafael de los Milagros, que es una ranchería ubicada a un costado de la carretera Torreón-Parras, a unos 45 kilómetros de Viesca, Coahuila.

Ahí, unos jóvenes nos señalaron una lomita donde podríamos encontrar las piedras grabadas.
No es difícil llegar, el sitio arequeológico está a unos 100 metros de la carretera por lo que su acceso es sencillo.

Al llegar al sitio señalado, no tuvimos que buscar mucho las piedras grabadas, ya que éstas estaban por doquier distribuídas en las dos sierras que forman una angosta boca donde un arroyo erosiona el terreno arcilloso poblado de huizaches, gobernadora, zacatales y gran variedad de biznagas.
Dejamos el carro a la orilla de la carretera y preparamos las bicicletas para poder recorrer la zona, ya que la misma longitud de las sierritas hacía prometedor encontrar grabados en distancias que a pie sería agotador recorrer, además, el calor de la tarde estaba haciendo sus estragos... y también porque es más divertido andar en bici por el monte y esquivar las espinas de los arbustos.

No podíamos decidirnos cuál sierrita explorar primero, así que nos fuimos directamente a una (la más alta) que tenía abrigos rocosos y era más seguro encontrar petrograbados (pinturas rupestres) en sus paredes.

Colocamos las bicicletas al pie de la sierrita bajo unos huizaches y fuimos decididos en la búsqueda de los petroglifos.

Fué una sorpresa y un gusto el poder apreciar los primeros grabados sobre las rocas, que al ver otros más a poca distancia nos emocionaba como si fueran golosinas ocultas listas para ser descubiertas...
Pero esa misma alegría se fué convirtiendo poco a poco en decepción, en una profunda tristeza al ver el saqueo y vandalismo del que ha sido objeto la zona de petroglifos.

Tengo qué decirlo... no he visto un área de petroglifos más saqueada, maltratada y alterada que en San Rafael de los Milagros.
Los individuos de gran ignorancia y un completo desconocimiento del valor de las piedras grabadas, han destruído gran parte de los petroglifos, unos llegaron al grado de pintar con spray toda una pared que contenía pinturas rupestres... eso me dolió.

Algunos gamberros pensaron que sería gracioso hacer sus propios petroglifos junto a los originales, sólo que son fácilmente identificables ya que el factor tiempo sobre las rocas es difícil de igualar.

En algunos casos se puede ver cómo se han tratado de llevar las piedras, cortándolas, mutilandolas y dejándolas a medio camino, tal vez por el peso de las mismas.

Aún así, pudimos encontrar algunas pinturas rupestres que se han salvado hasta ahora de las groserías de éstas personas.

Las pinturas rupestres encontradas en los abrigos rocosos muestran diseños de líneas quebradas, rombos y algunos con patrones de puntos realizados con pigmentos rojizos.

El significado aún es incierto, pues aunque algunos símbolos son universales como la lluvia, el granizo, el sol o figuras antropomorfas y zoomorfas, los grabados abstractos son complejos y de difícil entendimiento.

Después de explorar el área de petrograbados, nos fuimos a la otra sierrita donde los petroglifos estaban aguardandonos. Ahí los grabados eran más abundantes y de formas aún más extraordinarias.
Después de apreciar los petroglifos y preguntarnos quién los habría hecho, qué pensaban al estarlos grabando y otras cuestiones simples de la vida en el desierto, casi en plena distracción caminando por el arroyo en busca de nuestras bicicletas, encontramos una punta de flecha semi-enterrada entre unas piedras.

De textura irregular, porosa y de color blanco, fué de mucha suerte el haberla encontrado en ese momento sin haberla buscado.

Al tomarla en nuestras manos, sentimos el desierto.

Supimos que esa flecha pudo haber estado clavada en algún animal o fué alguna lanzada fallida de un nómada.
Tener una punta de flecha en nuestras manos nos conectó directamente con las manos nómadas que la fabricaron, y eso... nos enriqueció.

Posiblemente el espíritu del nómada en algún lugar del tiempo en que estuvimos ahí la colocó en ese lugar y tal vez, fué un mensaje que nos dejó... fué un agradecimiento por el hecho de haberlos visitado y valorado.

Y yo en reciprocidad difundiré desde mi trinchera su cultura y expresiones, evitando que se pierdan en el tiempo.