El territorio de Melchor Múzquiz es rico, diverso y de una belleza incomparable en la Región Carbonífera de Coahuila, es aquí donde la Sierra Hermosa de Santa Rosa da vida a nuestra región, ella es quien provee del agua que utilizamos y disfrutamos.

El río de las Sabinas nace bajo el cobijo de sus arbolados cañones y es alimentado por multitud de arroyos que también tienen su origen en las faldas de ésta sierra que bien tiene por llamarse “Hermosa”.

Durante milenios, la Sierra Hermosa de Santa Rosa de manera casi maternal vigila, alimenta y protege a todos los ecosistemas y organismos que dependen de ella.

De alguna manera u otra dependemos de la Sierra; ya que nos ofrece lo más importante: el Agua.
De ahí la importancia de conservar la salud ecológica de la Sierra Hermosa de Santa Rosa y su área de influencia.
Si hay un lugar en la Región Carbonífera de Coahuila donde la naturaleza ha sido generosa, es en territorio de Melchor Múzquiz.

Es aquí donde los arroyos son limpios y aún corren con aguas claras y a diferencia de los demás municipios que componen la Región, aquí los bosques de encino se presentan frondosos en gran parte del Valle de Santa Rosa.

Sabiendo lo que ofrece éste territorio, decidimos ir a explorar y conocer las condiciones de los arroyos después de las constantes y torrenciales lluvias de Julio pasado.
La primera opción fué ir al Río de las Sabinas, así que tomamos carretera.

Cuando llegamos a su orilla nos sorprendimos al ver el nivel de agua que aún lleva, tiene mucha corriente y pudimos ver los efectos de la reciente crecida, aún se pueden observan las marcas de hasta cuatro metros de altura en los troncos de los sabinos. Sí que estuvo salvaje!

En nuestro camino a Melchor Múzquiz por la carretera estatal #20, nos encontramos tres arroyos tributarios del Río de las Sabinas, arroyos que se unen al principal afluente de la Región.

Éstos tres arroyos, junto al arroyo Hedionda (hoy llamado de Las Rusias) aportan gran cantidad de agua al Río de las Sabinas en su recorrido por el Valle de Santa Rosa, y son sus aguas tan deliciosas que invitan a explorar y meterse a nadar una tarde calurosa.

El primer arroyo que visitamos es al que llaman La Lajita, éste arroyo bordea la carretera que comunica a la ciudad de Melchor Múzquiz con la comunidad de los Negros Mascogos.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir junto con Oscar Dávalos e Imelda López (de Turismo Carbonífera) al festejo anual que realiza ésta comunidad para recordar el día en que fueron liberados sus antepasados de la esclavitud y persecución de la que fueron víctimas en Estados Unidos y que al ser recibidos en territorio nacional, el Presidente Benito Juárez les otorgó tierras para su asentamiento y lo más importante, les otorgó derechos civiles los cuáles les eran negados en el país vecino.

Los reconocimientos que hace el pueblo de manera sincera se sienten, y los hechos de Benito Juárez aún son recordados y valorados por la comunidad de los Negros Mascogos
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El Arroyo La Lajita nace en la Sierra Hermosa de Santa Rosa, alimentándose de otros arroyos más pequeños que vacían sus escurrimientos en el cauce; sus aguas son claras y serpentea aproximadamente 27 kilómetros en el Valle de Santa Rosa con dirección noroeste hasta unirse al Río de las Sabinas a escasos kilómetros del Paso del Astillero.

Cuando llegamos a su orilla, nos dimos cuenta de la claridad del agua, podíamos ver el fondo rocoso, que en sectores son como lajas de suave textura, tal como su nombre lo dice, como lajitas.

Éste arroyo es muy visitado por quienes practican el Kayak de río, por los rápidos que se forman en sus suaves meandros.
Precisamente en una ocasión anterior que fuimos a explorar, nos encontramos a unos jóvenes de Nueva Rosita que lo recorrían en Kayak y lo hacían de una manera que se antojaba divertida.

Como aún era temprano, dejamos atrás el arroyo La Lajita y tomamos la carretera estatal #20 con rumbo a Múzquiz y a tan sólo 4 kilómetros llegamos a un tranquilo arroyo que se veía más profundo, con aguas más serenas.

Se notaba la diferencia de inmediato, éste arroyo está bordeado por corpulentos encinos (Quercus sp.) que forman verdes y frondosas vallas en ambas orillas, a diferencia de La Lajita en donde predominan los huizachales (Acacia farnesiana) de baja altura.

Al ser más profundo éste arroyo, no nos metimos. Mejor exploramos los bosques de encinos en sus orillas.
Ahh! Qué bonitos son los encinos! Con sus retorcidas ramas, son de mis árboles favoritos.

Aquí nos encontramos a unos señores con sus familias que llegaron en una troca, se bajaron con una tira de pescados alineados a una cadena y los colocaron a la orilla del arroyo, sacaron un característico bote verde de cloralex con cedal enrollado, y platicaban amenamente lanzando anzuelos al agua... iban a pescar.

Nos acercamos con ellos y les preguntamos sobre cómo pescan y dónde hallaron a los peces que traían capturados.
De manera muy amigable un señor nos explicó cómo le hace para pescar.

Traía lombrices que previamente había capturado y las contenía en un bote con tierra húmeda, con sus gruesos dedos hábilmente colocó una lombriz en el anzuelo y desenrollando rápidamente el cedal que venía ganchado a un bote de cloralex, tira el anzuelo al agua.

Nos dijo que en éste arroyo nada más han pescado “puras sardinitas”, que los meros buenos están en El Álamo, que ahí pescan mojarritas “así de grandes” y nos hacen una seña con sus manos mostrando un buen tamaño para una mojarrita de río, mientras sumergía repetidamente los pescados capturados para así mantenerlos frescos.

Después de verlos pescar un rato, nos dieron ganas de nadar y conocer el arroyo mencionado, así que volvimos al auto para seguir nuestro camino.
La siguiente y última parada en nuestro recorrido por los arroyos del Valle de Santa Rosa, es a la orilla de un hermoso arroyo llamado El Álamo, cerca de la comunidad de Nogalitos, a sólo 3 kilómetros de la ciudad de Melchor Múzquiz.

Éste arroyo tiene su nacimiento en El Socavón al oeste de la ciudad de Melchor Múzquiz, en las faldas de la Sierra Hermosa de Santa Rosa y hace un recorrido nor-noroeste de 17.5 kilómetros hasta su desembocadura en el Río de las Sabinas.

Aquí todo cambia, aquí sí nos dan ganas de meternos a nadar!

No es muy profundo y sus aguas claras al caer en desnivel, toman fuerza y chocan con el fondo pedregoso creando corrientes y remolinos suaves con mucha espuma blanca, y chorros de agua fresca que escurre entre las orillas del arroyo, es toda una alberca natural, realmente deliciosa!
Resbalarte y caer en los remolinos es lo más cercano a estar en una lavadora, es algo muy divertido!

Solamente te dejas llevar y la misma corriente te regresa al punto de inicio y cuando sientes el golpe de la corriente bajo el agua como un empujón, es cuando comienza el agitado ciclo.

En éste arroyo ya nos encontramos a más personas, jóvenes, niños, señoras, muchachas... hasta bebés!
Y los más aventados eran los más chiquillos, son los que nos retaban a resbalarnos de panza o acostados... al principio solamente nos resbalabamos sentados, pero con tanta presión y las ganas de hacer cosas diferentes, nos lanzamos también de panza.

No importó que nos rasparamos las rodillas o nos golpearamos ocasionalmente con las piedras, se disfruta más que lo que pueda llegar a doler.

En la primera resbalada que me dí en las revueltas y espumosas aguas, al no salir rápidamente a la superficie, los chavitos me preguntaron si me había dado un “canco” y les dije que no, que solamente estaba nadando por abajo, y sonreí porque desde que yo era niño no había vuelto a escuchar la palabra “canco”, que significa trancazo o golpe en la cabeza.


Preparamos unos elotes y los pusimos en los leños y brazas, queríamos elote asado... y nos quedó muy rico.


Un elote asado sabe mucho mejor en el monte que en cualquier otro lugar.

Después de comer, nos fuimos a explorar el arroyo corriente arriba.

Alejándonos de la gente, poco a poco nos internamos en el monte mientras apreciábamos el paisaje.

Y ahí nos dimos cuenta del porqué le llaman Arroyo El Álamo, sus riberas están pobladas de frondosos álamos (Platanus glabrata) y uno que otro encino (Quercus sp.)...
No he visto otro arroyo con tal cantidad de álamos, eso no es muy común ver aquí en la Región Carbonífera, donde las sequías y calcinantes temperaturas limitan las comunidades vegetales a bosquecillos de huizaches y mezquites donde la humedad en el subsuelo así lo permite.

En Múzquiz todo cambia! Aquí puedes encontrar bosques de encinos y en arroyos como éste, álamos de blancos troncos que definitivamente le dan otra atmósfera al lugar, muy norteña.

Cruzamos el arroyo contra corriente para llegar a la otra orilla, y al salir del cauce, en el lodo pudimos ver huellas de mapache perfectamente impresas.

Posiblemente fueron hechas la noche anterior, en éstos arroyos aún se reproducen los peces y los podemos ver en cualquier vistazo que le des al agua, los pecesillos nadan entre tus pies esquivandote velozmente.
Así nos llegó el atardecer, la luz del sol se iba ocultando lentamente detrás de la Sierra y era hora de regresar.

Llegando al punto de inicio de nuestro recorrido en la carretera, vimos los últimos rayos de sol que se escapaban entre las ramas de un encino, no hubo fulgor ni colores de fuego porque no había nubes que jugaran con la luz, pero las retorcidas ramas del encino hicieron un inmejorable papel al filtrar los tenues rayos solares.

De ésta manera nos despedimos una tarde en el Valle de Santa Rosa, recorriendo tres de los arroyos que engrosan el cauce del Río de las Sabinas, en nuestra norteña Región Carbonífera de Coahuila.

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