El desierto no te abandona.

Aunque pareciera un lugar hostil donde la mayoría de las plantas se arman con agudas espinas que al primer pinchazo te causan dolor, escasa sombra para protegerte de los agresivos rayos solares y pocos ojos de agua entre los áridos llanos pedregosos, la naturaleza ha sido bondadosa al ofrecernos la Pitaya, un fruto delicioso por parte una de las plantas con más defensas en el desierto: La biznaga.

Uno de los alimentos más conocidos del desierto es la tuna, como fruto de los nopales, y aunque a ésta planta la utilizamos en infindidad de guisos y platillos tradicionales, no debemos olvidar que existen otras plantas y frutos que se usan en la gastronomía y medicina norestense.



Entre ellas podemos citar a la flor de yuca (Yucca sp.) o flor de palma como también es llamada, y es preparada en diversos guisos.

En Saltillo, mi tía Alma prepara guisos de flor de yuca durante la cuaresma, un platillo muy tradicional en la región sureste de Coahuila.

Anteriormente había escuchado sobre la pitaya, que es muy dulce y que mucha gente sale en busca de éstos frutos en el desierto, pero nunca había tenido la oportunidad de verlos y consumirlos.

Solamente había visto las biznagas en flor, pero no con el fruto ya desarrollado.
Durante un recorrido de exploración con Rufino Rodríguez en el valle de El Pelillal, en territorio de Ramos Arizpe, pude saber cuáles eran las pitayas... y probarlas.

Fué un recorrido realmente enriquecedor, el Valle del Pelillal es un área donde se encuentran gran cantidad de elementos zoomorfos grabados en las piedras hechos por nuestros antepasados nómadas, siendo el venado el más abundante, aunque también hay grabados de borregos cimarrones entre las rocas de las sierras de poca elevación que forman una gran herradura enmarcando al valle en su límite norte.

Es un lugar árido, donde la gobernadora domina el paisaje y con muy escasa sombra. Pero un lugar rico en expresiones rupestres.

Camino a la sierra a través del valle, se encuentran fogones en tan buen estado de conservación que mientras los observaba detenidamente, pude imaginar una noche oscura, estrellada y siendo el valle iluminado con las lumbreras de los nómadas, cocinando las presas o ejecutando ceremonias alrededor del fuego.

Y no únicamente un fogón, eran muchos y ubicados a tan corta distancia unos de otros que nos indica la gran cantidad de personas ahí reunidas en tiempos muy remotos.

Mientras estabamos recorriendo una sierrita de poca altura, buscando petroglifos, Rufino me pregunta si he probado la Pitaya, le dije que no, que solamente la había escuchando nombrar.
Y me señala una biznaga que estaba coronada con frutos rojos y redondos.

Ahí aprendí a identificarlas y saborearlas.
Rufino sacó una navaja y me enseñó cómo cortarla, limpiarla y sacarle el fruto.

Toda una tarea metódica y sencilla.

"Es más rica que la tuna" me comentó, y sí, definitivamente es un fruto delicioso y hasta creo que adictivo, porque después de probar la primera pitaya, empecé a buscar más biznagas para tomar su fruto.

La biznaga a la que nos referimos es la variedad Echinocereus stramineus, una planta repleta de agudas espinas, de poca altura y que puede llegar a tener muchos tallos formando casi una colchoneta espinosa. Una biznaga muy común en los desiertos del sur de Coahuila.

He tenido el privilegio de ver florear ésta biznaga en su ambiente natural, mientras vas en la carretera aparecen motitas moradas esparcidas en el monte.
Al verlas de cerca, son hermosas.
Delicados pétalos protegidos por largas espinas, mostrando su mejor gala para ser polinizados por los insectos del desierto.
Su época de floración es en Mayo.

El esplendor de la flor a los pocos días se marchita, y de esa flor con pétalos apagados se desarrollará un bulbo que madurará y se convertirá en una dulce pitaya repleta de pequeñas semillitas negras que asegurarán la diseminación de nuevas plantas en el desierto.
Preparado con una navaja y con ganas de probar más pitayas, tenía la mirada a nivel del suelo pedregoso, tratando de identificar una Echinocereus stramineus con bulbos maduros.
Al poco rato de inspeccionar el suelo del desierto me encuentro con una biznaga, así que puse en práctica la lección recientemente aprendida.

El bulbo se encuentra protegido por espinas que no te dejarán tomar el fruto fácilmente, así que se toma de los pétalos secos que se han hecho rígidos, con mucho cuidado para no romperlo.

El fruto maduro se desprende de manera sencilla.

Una vez que tomas el fruto, te darás cuenta que tiene espinas. Así que tomas una rama de gobernadora (Larrea tridentata) para limpiarla, como son espinas delgaditas, éstas caen fácilmente al menor roce con la rama.

Se usa gobernadora porque no tiene espinas y es de las más abundantes en el área.

Una vez que se han eliminado las espinas, haces un corte transversal en el bulbo, pero de manera casi superficial para no partir el fruto interno.

Hecho el corte superficial, estiras la piel del bulbo para así descubrir el fruto, es como una bolita morada con muchísimas semillitas negras, ese es el fruto de la pitaya.

Y la pruebas...
Es deliciosa y dulce, y recién cortada estará tibia, el calor del sol que le dió vida estará presente cuando la pruebes.

Mientras estaba saboreando la dulce pitaya, y la hoja de la navaja aún tenía los restos del fruto humedeciendo una roca, me dí cuenta del valor que los nómadas le dieron a éstos pequeños frutos que son ofrecidos como alimento por el desierto.

Recordé un petroglifo cerca de El Forlón, a poca distancia de la carretera 57 en el sur del estado de Coahuila, donde se encuentra una figura que posiblemente sea una biznaga, sus formas son inconfundibles.

Y no lo dudo, ya que los antiguos habitantes del norte tenían que sacar provecho de lo que les ofrecía el desierto para su propia subsistencia en un entorno árido, pero que nunca los dejó al abandono.
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