Uno de los animales más emblemáticos del noreste es el perrito de las praderas mexicano (Cynomys mexicanus), endémico de nuestra región y elemento fundamental de los ecosistemas de praderas del noreste.

De tamaño pequeño, rechoncho y gracioso, parece una ardillita regordeta y muy inquieta a simple vista. Siempre alimantandose, siempre en alerta.

El perrito de las praderas mexicano (Cynomys mexicanus) o perrito llanero, recibe ese peculiar nombre ya que para comunicarse emite unos chillidos y sonidos parecidos a agudos ladridos, aunque en realidad es un roedor. Está emparentado con la familia de las ardillas (Sciuridae).

Desde hace muchos años he tenido el interés por conocerlo y tener la oportunidad de apreciarlo en su ambiente natural, en Coahuila aún lo podemos encontrar en colonias aisladas en el sureste del estado, cerca de la frontera con Nuevo León.

El hecho de observarlos y escuchar sus ladridos, fué para mi un gran privilegio.
El perrito de las praderas mexicano es una de las 5 especies de perritos que existen en norteamérica, en México sólo hay dos:

El perrito de las praderas de cola negra (Cynomys ludovicianus), que habita en las praderas de Chihuahua hasta el norte de los Estados Unidos; y el perrito de las praderas mexicano (Cynomys mexicanus), que tiene un rango limitado de distribución y habita solamente en llanos intermontanos y praderas en el área de confluencia de los estados de Coahuila, Nuevo León y San Luis Potosí.

Al sur del Saltillo podemos encontrar colonias de perritos de la pradera en llanos intermontanos con una altitud promedio de 2,200 msnm. Éstos llanos pertenecen al área geográfica de la Sierra Madre Oriental.

Para llegar a ellos, debemos tomar la carretera No. 54 con rumbo sur, a Zacatecas.
El camino al área de perritos de la pradera tiene elementos muy interesantes, tan sólo unos pocos kilómetros al sur del Saltillo se encuentra La Angostura, que es el sitio de una de las batallas más importantes en la Invasión Estadounidense, en Febrero de 1847.

Se puede ver la imponente Sierra Madre Oriental que fué testigo de esa lucha armada entre el ejército mexicano y el ejército estadounidense, y si te acercas a las cañadas en las faldas de la sierra, puedes encontrar aún las trincheras de piedra hechas por el ejército al mando de Zachary Taylor.
Avanzando 32 kilómetros aproximadamente rumbo a Zacatecas, encontramos el señalamiento que nos indica que hemos llegado a nuestro destino en terrenos del Rancho Los Ángeles, justo en el entronque a un camino rural que comunica con varios ejidos, a poca distancia de la línea fronteriza con Nuevo León.

Éste predio es administrado por la UAAAN (Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro).

El camino recorre un amplio llano entre dos sierritas, actualmente está en proceso de pavimentación y ya es más fácil recorrerlo.
Aquí se empieza a apreciar la transición de arbustos desérticos como la gobernadora (Larrea tridentata) con manchones de pastizales, el camino aún está flanqueado por la Sierra Madre que reduce el espacio para las planicies. A poca distancia llegamos a unos rieles que cruzan el camino vecinal y al fondo siguiendo el camino de fierro, vemos que se pierden en la oscuridad de un túnel en la Sierra. Se ve muy interesante eso para recorrerlo, pero lo haremos después de visitar a los perritos.

Llega un punto en el camino, en donde las sierras se abren y dejan espacio para una gran planicie que se funde con el horizonte, como si fueran dos grandes y largos brazos que derraman un mar de pastizal amarillo.

En ese momento me alegré, supe que en ese gran espacio estarían los perritos, nunca los había visto, al menos no en su ambiente natural y eso me subía el nivel de la emoción. Esperaba verlos, quería tener la suerte de encontrarlos activos durante mi visita.

Eran aproximadamente las 9 de la mañana y el ambiente estaba fresco pero no comparado con la helada de días anteriores donde la temperatura se precipitó a -13 C, eso debió haber sido una gran prueba de supervivencia para los animales de ésta región, pero la evolución los ha hecho triunfadores y se adaptan con eficacia al entorno.
Las sierras en sus partes más altas se pueden ver pobladas de pinos y encinos, y en los llanos los pastizales son los dominantes. Mientras avanzabamos por el camino, íbamos a una velocidad muy baja tratando de ver montículos y por supuesto, perritos. No quería alterar con el ruido del coche la quietud de los pastizales y auyentarlos.

De pronto, a lo lejos se ven pequeños animalitos que se camuflan con los colores ocres de los pastos, casi imperceptibles.
De inmediato me detuve, puse el freno de mano sin apagar el motor y con cámara en mano me bajé del coche, apresurado pero con cautela para no asustarlos.
Ahí pude ver a unos metros de distancia los montículos y alrededor jugueteando a sus moradores, los perritos de la pradera mexicanos (Cynomis mexicanus).

Eran varios perritos, unos estaban comiendo pastizales en su típica posición, sentados en sus patas traseras y con sus patitas delanteras tomaban el pasto para mordisquear tranquilamente. Otros estaban jugando o eso parecía, y otros más de inmediato se colocaron en la entrada a los montículos para empezar a ladrar constantemente, en alerta.
Ya me habían visto, de seguro me observaron desde que bajé del coche. Sus pequeños ladridos fueron algo extraordinario de escuchar, era la naturaleza viva que me mostraba la riqueza del noreste, que me invitaba a disfrutarlos. Mientras los ladridos de alerta de los vigías inundaban el ambiente, éstos eran escuchados por sus compañeros, que sin dejar lo que estaban haciendo, me miraban fijamente con atención.

Cuando me acerqué más, los ladridos se hicieron más fuertes y de inmediato los animalitos que estaban retirados, se dirigieron correteando graciosamente a los montículos para meterse a la madriguera y no salir, solamente el vigía se quedaba ladrando. Pude ver algunos más pequeños, eran las crías de los perritos, las nuevas generaciones que prometen preservar ésta especie endémica de los pastizales norestenses.
En el amplio llano se aprecian cientos de montículos como si fueran pequeñas trincheras de tierra que dominan el paisaje hasta donde la vista se pierde.

Mientras observaba esos montículos y escuchaba los pequeños ladridos, me vino a la mente la época en que éstos animalitos eran considerados una plaga que debía exterminarse, o eso creían en ese entonces.

En la segunda década del siglo XX pagaban una “cora” (1 cuarto de dólar) por cada perrito exterminado en las planicies tejanas, la especie tejana es el perrito de las praderas de cola negra (Cynomys ludivicianus), el mismo que habita actualmente las praderas chihuahuenses de Janos.

Esa misma suerte corrió el perrito de las praderas aquí en el noreste, afortunadamente algunas colonias se conservaron y se pudo evitar la extinción.
No corrieron la misma suerte otros animales emblemáticos de nuestras praderas en tiempos históricos como el bisonte (Bison bison) y el berrendo (Antilocapra americana mexicana), ambos fueron exterminados para no pastar más en las vastedades de nuestro territorio, aunque han sido reintroducidos en predios privados como una manera de recolonización de sus antiguos territorios arrebatados por el hombre.

Así alguna vez los perritos de la pradera, los bisontes y los berrendos formaron parte de una escena que nuestros antepasados nómadas pudieron apreciar y valorar.

Actualmente la variedad endémica del noreste (Cynomys mexicanus) es la más restringida en territorio, y eso se debe al cambio de uso de suelo en sus territorios, la desertificación y el desconocimiento de su valor como parte fundamental de éstos ecosistemas de praderas.
Desde lo alto de las sierras que dominan el paisaje se pueden observar algunos pinos, y pensamos que de seguro desde esa altura la vista debía ser gratificante.

Así que nos dirgimos a la sierra más cercana para subir... las llanuras están pobladas de pastos y con algún cardón (Opuntia imbricata) aislado, conforme vamos subiendo la falda de la sierra, los cardones se hacen más abundantes y los suelos se presentan más pedregosos, aquí podemos encontrar agaves, nopales, robustas yucas y matorrales submontanos tan densos como aromáticos.

El ascenso es lento porque la piedra laja se resbala cuando no se pisa correctamente, un rígido quiote de lechuguilla ayuda mucho como apoyo.

Mientras vamos subiendo, nos hacemos más ligeros de ropa, las bufandas y chamarras ya nos estorban y ahí es cuando nos arrepentimos de no traer bloqueador solar, los rayos del sol estaban calando constantemente en nuestra piel.

De pronto, empezamos a escuchar un sonido suave, fresco y prolongado, era el viento que soplaba y se filtraba en las agujas de las ramas de los pinos.

En lo alto de la sierra los pinos se yerguen serenos y frondosos, haciendo deliciosas sombras entre los matorrales. Fué una escena hermosa, podíamos ver al fondo las llanuras amarillas y el cielo azul enmarcado por el contrastante verde de los pinos.

El viento no dejaba de soplar, arruyaba y tranquilizaba su sonido suave al mover las rígidas ramas, era casi hipnotizante. Nos quedamos un buen rato disfrutando de esos elementos y viendo cómo el camino que a esa altura parecía un hilito de color gris, se perdía en los pastizales, en el horizonte.

Llegó la hora de bajar la sierra y acercarnos a los montículos para concerlos de cerca, ver cómo son.

En ese mar de pastos amarillos, se puede apreciar que los perritos de la pradera no dejan crecer mucho a los pastizales, constamente los mordisquean y cortan para alimentarse de ellos, contribuyendo de ésta manera a la salud de las praderas al afectar de manera positiva en la reproducción de las plantas nativas.
Conforme íbamos avanzando en los pastizales y nuestras pisadas anunciaban nuestra llegada a los montículos, los perritos de la pradera se escondían de inmediato en la protección de sus madrigueras, silenciando la atmósfera que momentos antes era saturada con pequeños ladridos.

Los montículos son la entrada, la conexión con el exterior de profundos y complicados túneles bajo tierra excavados por los mismos perritos de la pradera. Las medidas varían, pero en promedio tienen 1.5 metros de diámetro y unos 30 centímetros de alto aproximadamente, con un suave declive hasta llegar al nivel del suelo. Son utilizados por los perritos de la pradera encargados de la vigilancia de su comunidad, como una atalaya.

Desde esa altura tienen un control visual de quién se acerca a sus madrigueras.
Además su diseño es muy funcional porque así se evita que las corrientes de agua penetren a sus túneles en exceso durante las lluvias, desviando el curso del agua.

Éstos túneles subterráneos se comunican entre sí y son parte de un complejo sistema de cámaras. Hay qué tomar en cuenta que la temperatura es más estable bajo tierra, tanto en verano como en invierno.

Los perritos de la pradera no hibernan y la mayor parte de su tiempo lo utilizan en alimentarse, son animales diurnos.

Las colonias de perritos de la pradera están formadas por varios grupos o familias compuestas por 1 macho y de 2 a 4 hembras, éstas paren después de 1 mes de gestación, y los perritos pequeños no salen de la madriguera a explorar su entorno hasta que tienen aproximadamente un mes de nacidos, nosotros en nuestra visita vimos algunos perritos pequeños jugueteando cerca de los montículos, sin duda una colonia saludable.
La variedad endémica del noreste es la más restringida en su distribución, se ha reducido de manera drástica su presencia en las praderas norestenses, fragmentandose.

Hoy la amenza principal son las actividades agrícolas y ganaderas, donde la agricultura mecanizada destruye las madrigueras completamente y el sobrepastoreo es una amenaza constante, así como la desertificación del hábitat a causa de las actividades humanas.

Llegó la hora de retirarnos de la colonia de perritos de la pradera, todavía nos faltaba recorrer el camino de fierro que habíamos visto anteriormente y llegar al túnel en la sierra.

Mientras vamos regresando por el camino rumbo a la carretera 54, llegamos al punto en que las sierras parecen juntarse haciendo más angosto el paso. En éste lugar, los rieles atraviesan el pavimento, ya que las vías van siguiendo el contorno del brazo sur de la sierra y cruzan el camino para adentrarse en el brazo norte de la montaña.
El camino de fierro hace una curvatura y sigue directo a un túnel en la sierra, me gusta la manera en que se curva el trazado, como si tuviera movimiento.
Caminamos siguiendo las vías entre los cascajos de los durmientes que dificultaban el avance.

A lo lejos, el oscuro túnel parecía más cercano. Justo antes de llegar, un sonido grave nos hizo voltear hacia atrás... era el tren que venía a toda velocidad y con el silbato anunciaba su cruce por el camino, rápidamente corrimos por las vías para llegar a la parte plana, porque estabamos en un área donde no había otra opción mas que saltar.

Tuvimos suerte de ver que el tren pasara en esos momentos y se internara en el túnel como si fuera una poderosa serpiente de metal, las vibraciones nos hicieron permanecer quietos esperando a que pasara completamente.

La entrada al tunel está flanqueada por la pared tosca y desnuda de la sierra, podíamos ver los pliegues y los estratos rocosos, el arco del túnel tiene una altitud 6.85 mts. y una vez que nos internamos en las sombras de la boca del túnel, sentimos frío.

No nos adentramos mucho porque a pocos metros la luz del exterior no lograba penetrar más allá de unos pocos metros, una total oscuridad. El túnel mide 315 metros de longitud.

De regreso, mis compañeros siguieron el mismo camino por las vías del tren.
Yo preferí bajar por un camino entre los matorrales, de seguro encontraría algo interesante... y así fué.


Al estar caminando entre los densos matorrales de gobernadora y algunos cardones de gran altura, ví unos arcos de piedra a poca distancia, escondidos entre espinosas ramas y nopaleras.

Me acerqué y pude verlos de cerca, eran arcos antiguos y en muy buen estado, que son como los usados para soportar los tendidos de los trenes al cruzar arroyos.

Posiblemente éste era el antiguo trazado del tren, ahora en desuso.

Cruzé el pequeño tunel bajo los arcos y llegue al otro lado para continuar mi camino hasta donde habíamos dejado el coche.

Y así nos alejamos de ésta hermosa región coahuilense con una gran sensación de satisfacción, habíamos visto perritos de la pradera en su ambiente natural, los escuchamos ladrar, los vimos corretear y sentimos la naturaleza del noreste en cada paso que dimos entre los pastizales... nos sentimos orgullosos de nuestra riqueza natural.

Espero que los perritos de la pradera se conserven, que sus colonias se respeten y que sigan recorriendo sus praderas como lo han hecho durante milenios.

Debemos sentirnos agradecidos con la naturaleza al permitirnos compartir nuestro territorio con éstos emblemáticos animalitos que además son endémicos de las praderas del noreste, el perrito de las praderas mexicano (Cynomys mexicanus).