Al conocer nuestra historia podemos darnos cuenta en detalle y comprender de dónde venimos y cómo fué nuestra formación como pobladores del vasto septentrión mexicano, lo cuál no fué sencillo.

Ni como habitantes del norte novohispano en la colonia, ni como nuevos fronterizos en la recién conformación territorial a raíz del tratado de Guadalupe Hidalgo que redujo la línea fronteriza con Estados Unidos hasta donde el serpenteante río Bravo lo marcaba.

Y no fué sencillo, porque el mismo territorio formaba el carácter de los pobladores.

En un entorno agreste, de climas extremos donde en verano las temperaturas secaban los aguajes y hacían más difícil la agricultura, en invierno los vientos gélidos que soplaban sobre las llanuras y serranías hacían calar hasta los huesos de los pobladores norteños.

Además de éstas condiciones climáticas extremas, tenían que vivir una eterna lucha contra los nómadas que habitaban estos territorios.

Así que los habitantes de las poblaciones “tierra adentro”, aprendieron a vivir en constante defensa de sus intereses y sus vidas.

La mayoría usaba las armas que tenían estrategicamente colocadas en sus casas o áreas de trabajo y acudían al primer llamado de defensa colectiva al conocerse alguna próxima incursión nómada en las cercanías.

Así vivían los pobladores de Santa Rosa...
Un hecho histórico importante de las guerras indias en la segunda mitad del siglo XIX, fué el ataque en el paraje “La Rosita”, al norte de Melchor Múzquiz.

A raíz de un ataque de nómadas lipanes en Noviembre de 1849 en la Hacienda La Mota, los pobladores de Santa Rosa decidieron realizar una campaña ofensiva contra los indios lipanes, mezcaleros y comanches que tenían sus asentamientos en la Sierra del Carmen.

Para llevar a cabo la ofensiva se formó una fuerza de voluntarios de Santa Rosa y se pidió apoyo a las colonias militares de Monclova Viejo y San Vicente.

El 22 de Diciembre de 1849, llegaron al paraje “El Oso” y acamparon.
Al siguiente día se envió una partida a explorar el aguaje de "La Rosita" y al atardecer pudieron ver a los indios nómadas en gran número que estaban cerca del aguaje.
Ésto aceleró las decisiones para llevar a efecto el ataque sobre los nómadas.

Se planeó dividir las fuerzas voluntarias en tres mandos, dejando la caballada, monturas y útiles de infantería de reserva en el centro. Los otros dos mandos cercarían al enemigo por ambos lados.

Se acampó esa noche en el mayor silencio posible esperando el amanecer del 24 de Diciembre para realizar la ofensiva.
Se enviaron dos espiás para confirmar la distancia de los nómadas y al saber que estaban a tan solo una legua*, se decidió que los mandos avanzaran a las 4 de la mañana.
Al estar avanzando en el amanecer a paso redoblado, los nómadas habían descubierto a la fuerza izquierda de voluntarios, así que se ordenó que se acelerara a paso veloz como reacción a la fallida sorpresa.

Los voluntarios del mando izquierdo atacaron a los nómadas que estaban sobre la falda de una loma quebrada, cayendo sobre la caballada que los nómadas trataron de defender.
En esa escaramuza sangrienta se dió tiempo de llegada del mando central y la derecha sin ser vista por el enemigo se colocó en la cima de la loma.

Rompiendo a quemarropa, en un fuego cruzado y cruel, los nómadas fueron forzados a retirarse, huyendo hacia la cima de la loma, donde fueron recibidos en fuego por los voluntarios anteriormente preparados. Los indios se adentraron en un bosque de la ladera y ahí continuó el ataque, donde se realizó una nueva carga con tal fiereza que obligó a los nómadas a pedir la paz, sacando a la vista una bandera blanca.

Pero los voluntarios no hicieron caso y continuaron el fuego atacando a los nómadas atrincherados en el bosque de la ladera. Para las 3 de la tarde de ese 24 de Diciembre, el fuego nómada cesó. Los voluntarios esperaron en vano que el enemigo saliera de sus trincheras.
No salieron y tuvieron que pasar la noche a la defensiva, evitando que los nómadas espantaran las caballadas con algún tiroteo o fuego en el campo.

Durante esa noche solamente se escuchó el movimiento de los nómadas al retirarse, ocupados en sacar a sus heridos y sus muertos, se podían escuchar sus llantos hasta muy entrada la madrugada del día 25.

Un cautivo de 13 años, 3 fusiles, 4 fustes, 22 pieles, vestidos, 30 cobijas, 23 mulas y 3 caballos fué parte del botín recuperado. Gran parte de la caballada se dispersó en el ataque.

Así terminó una expedición que se intentaba llevar hasta los mismos asentamientos nómadas, pero que se aceleró al encuentro con ellos en "La Rosita".

Para los voluntarios fué una victoria, ellos sentían que se cubrían de gloria al liberar su entorno de los naturales nómadas.
Los unificaba el esfuerzo colectivo porque tenían una misma meta y al resultar vencedores en ésta batalla, sentían que la valentía y entusiasmo de sus actos era recompensada con la gloria, a pesar de la muerte en combate.